
Un tema de evidente
actualidad es el desarrollo de la política en los medios electrónicos; una
tendencia que crece día con día, aunque todavía existan quizá más preguntas que
respuestas acerca de cómo se ha venido dando este fenómeno. Al respecto, Ramón Cotarelo,
prestigiado catedrático español, en colaboración con 11 colegas más, colocan
sobre la palestra el tema y hacen una aportación notable a su discusión
académica. El origen de ello estriba en las Primeras Jornadas Españolas de
Ciberpolítica convocadas por el Departamento de Ciencia Política y de la
Administración de la Universidad Nacional de Educación a Distancia de España
–dirigido por Cotarelo–, en colaboración con el Colegio de Licenciados y
Doctores en Ciencias Políticas y Sociología, así como la Fundación
Ortega/Marañón.
Las investigaciones de los autores contienen un componente
empírico muy marcado respecto del caso de España, aunque la discusión de fondo
es de carácter universal, sobre todo considerando que los medios digitales
trascienden fronteras políticas, geográficas e incluso culturales y
lingüísticas. Tal discusión se organiza en la obra conforme a tres secciones
temáticas, a saber: gobierno electrónico; comunicación política y redes
sociales; y movilización política y redes sociales.
El hecho de que las redes sociales se constituyan como eje
temático de una buena parte del libro resulta revelador en el sentido de que la
ciberpolítica no es una actividad exclusiva de los profesionales de la política
–es decir, de los políticos– sino que colabora con la reivindicación de la
clásica noción aristotélica del hombre como animal político, en la medida en
que posibilita y alienta nuevas y más amplias formas de participación
ciudadana. Esto lo advierte Cotarelo desde el prólogo, cuando afirma que la
ciberpolítica:
Es la existencia de una nueva ágora digital unitaria pero
tremendamente diferenciada pues en ella participan en un clima de igualdad los
órganos de gobierno del país, los ciudadanos con sus blogs y a través de sus
redes sociales, las empresas, los sindicatos, etc. (p. 15).
La ciberpolítica se refiere entonces a nuevas formas de
interacción entre el gobierno y los ciudadanos, entre éstos y los partidos
políticos, entre las empresas y los órganos legislativos, entre ciudadanos de
un régimen político y entre ciudadanos del mundo. La actividad política que se
suscita en el ciberesepacio permite que las instituciones, entidades y personas
se interrelacionen más estrechamente sin importar la distancia material que
exista de unos a otros. En el caso del gobierno digital, por ejemplo,
actualmente es fácil advertir la incorporación de sistemas electrónicos para
facilitar trámites a la ciudadanía o para favorecer el escrutinio sobre el
desempeño de la administración pública. Los recursos tecnológicos, de hecho,
han resultado de enorme utilidad en los esfuerzos de transparencia y rendición
de cuentas en distintos países durante los últimos años.
Por otra parte, incluso cuando el también llamado gobierno
electrónico tiene muchas bondades, suele tener carencias todavía lejos de superarse.
Algunas de ellas son identificadas por Salvador Parrado en su colaboración a
esta obra, entre las que se encuentra el hecho de que las administraciones
públicas no atinen a identificar la información más pertinente que ponen al
alcance de los usuarios y que no exista coordinación entre las distintas
agencias gubernamentales que pudieran estar vinculadas por la naturaleza de sus
funciones (interoperabilidad). Esta debilidad de interconexión, que puede ser
incluso típica de ciertos sistemas de administración pública tradicionales,
pareciera no solo estar lejos de desaparecer, sino que da la impresión de ser
susceptible de adaptarse a la era digital. Sin embargo, las cuentas oficiales
de Twitter o Facebook de las dependencias públicas –siempre y cuando tengan una
administración eficiente– colaboran un poco a combatir esta situación a partir
de que dan al usuario la oportunidad de interactuar de algún modo con la
dependencia en tiempo real o al menos de forma más expedita.
Adicionalmente, si bien a los modelos de gobierno digital se les
ha denominado también de gobierno abierto, este último concepto plantea retos
que trascienden la sola utilización de medios electrónicos en la gestión
pública, comenzando por la voluntad política para comprometerse con una
auténtica transparencia. Algunos otros elementos a considerar son planteados
por Ignacio Criado y se relacionan con propiciar una mayor interacción con los
usuarios, e incluso, con posibilitar su participación en la gestión pública
mediante redes sociales como Facebook o Twitter, o bien mediante herramientas
como wikis o blogs. De hecho, Josep Maria Reniu Vilamala expone un caso
empírico muy ilustrativo sobre una consulta realizada a la ciudadanía respecto
de la pertinencia de modificar una de las avenidas principales de la ciudad de
Barcelona, en la que se compaginaron mecanismos tradicionales y tecnologías de
la información en distintas fases, particularmente mediante la habilitación de
un sitio web denominado: "i.de.a. Diagonal" (cuyo significado era: imagina,
decide y aplica), el cual no solo servía como repositorio de información, sino
que permitía el involucramiento ciudadano en el proyecto. Otra experiencia
empírica es abordada por Mónica López Viso y Mario Ortiz García, en torno al
esfuerzo realizado por la administración municipal de la ciudad de Ourense en
el año 2012, que bien podría considerarse como una iniciativa modelo en materia
de gobierno digital –o como lo definen los autores, de cibergobernanza
administrativa– y que incluso le contó para obtener un reconocimiento de la
empresa Google como Ciudad Digital.
Los capítulos intermedios del libro se ciernen sobre el tema de
los medios de comunicación tradicionales versus las redes sociales. En primer
lugar, Palmira Chavero hace un comparativo acerca del tratamiento que se le dio
a tres fenómenos políticos suscitados en años recientes en la nación española,
tanto en prensa escrita como en redes sociales, principalmente Twitter, a
saber: la huelga general de septiembre de 2010, el movimiento de los indignados
de 2011 (15M) y las campañas de las elecciones generales del mismo año (20N).
Una comparación similar sobre este último tema, aunque de manera más
específica, es abordada por Antón R. Castromil, quien igualmente destaca las
virtudes de Twitter como un instrumento dinámico para el intercambio de
información, lo que lo hace –dice– idóneo para la discusión, la confrontación
de ideas, el debate, el activismo e incluso para el "gamberrismo, la
crítica ácida, el insulto y la difamación" (p. 157). No obstante, advierte
una desventaja en la fugacidad de la información, en función de que los
mensajes de Twitter son perecederos.
Continuando con este tema, aunque Montse Fernández Crespo da un
título a su participación escrita en este libro sobre medir la eficacia de las
cibercampañas, su texto se enfoca más a identificar algunos elementos que
permiten pulsar el desarrollo de las campañas y las tendencias del voto en la
red. Por su parte, Juan Pizarro Miranda aborda tres cuestiones fundamentales
sobre la información disponible en Internet: quién la genera (creadores de
contenidos), cómo se organiza (de qué forma se distribuye y filtra) y cómo se
difunde (quiénes la consumen y cómo la comparten). El capítulo que cierra este
apartado es de la autoría de Olga Gil, quien desarrolla el concepto de acción
colectiva a la luz del avance de las nuevas tecnologías y a partir de ello
expone un abanico de posibilidades en materia de involucramiento e innovación
para las personas, empresas y gobiernos, que lo mismo pasan por el activismo
político que por la potencialidad comercial y el cuidado de la naturaleza.
El editor del libro también tiene una destacada participación con
un artículo que contiene una robusta reflexión teórica sobre el papel histórico
–historicista tal vez sea una expresión más precisa– de los partidos políticos
y de los medios de comunicación –incluido, desde su aparición, Internet–, así
como de los puntos de encuentro entre ambos. En esta discusión planteada por
Cotarelo, los conceptos de acción colectiva y movimientos de multitudes (que no
de masas) ocupan un lugar preponderante.
Por su parte, Óscar G. Luengo habla sobre el papel de los medios
de comunicación y su capacidad de influencia en la configuración de una cultura
política determinada, particularmente con base en la experiencia estadounidense
a partir de los años sesenta. Ello sirve de introducción para reflexionar en
torno a Internet como un medio de nueva generación –aunque reconoce la
existencia de un debate abierto sobre si a Internet se le puede considerar en
efecto un medio de comunicación– y para compartir datos estadísticos muy
significativos, producto de las investigaciones del autor acerca de los cruces
que existen entre los niveles de activismo político y los de consumo de
Internet en varios países de Europa con distintos grados de democratización.
Finalmente, María Ángeles Rubio Gil hace un análisis con cierto matiz etario,
al enfocarse en el tema de la participación política de los jóvenes tomando
como referencia la llamada Spanish Revolution –anglicismo para referirse al
15M, incluido el hashtag– pero principalmente con base en sus propias
investigaciones sobre la utilización que dan los jóvenes españoles a Internet y
las redes sociales.
En suma, se trata de una obra con gran vigencia que arroja luces
respecto de las oportunidades que brinda el mundo globalizado e interconectado
tecnológicamente, así como los dilemas que representa. Ciertamente las
experiencias concretas estudiadas por los autores parecieran trazar un
escenario bastante halagüeño, aunque habría que reconocer –como lo hacen
prácticamente todos ellos– que existen infinidad de variables que determinan la
forma en que se suscita la ciberpolítica en un país o en otro. Para el caso de
México, y de varios países de América Latina, habría que comenzar por cerrar la
brecha digital y combatir esta variante de la desigualdad que mantiene a buena
parte de la población desconectada del mundo. En ese sentido, la
interconectividad universal todavía sigue siendo un reto a vencer; aun así, el
poder de las redes sociales, por ejemplo, ya ha dejado su patente en la
convocatoria a manifestaciones públicas o en la denuncia ciudadana que ha
llevado al cese de funcionarios. Considerando que la democracia mexicana ha
avanzado a pasos muy lentos hasta llegar al punto en que hoy se encuentra,
quizás el desarrollo de la ciberpolítica también sea muy acompasado. La ventaja
es que México ya pertenece al ciberespacio ... y aunque sea por inercia no
podrá rezagarse.
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